[Por Gabriela Pascual]El 10 de diciembre es el Día Internacional de los Derechos Humanos; también es el día en el que Adolfo Pérez Esquivel recibió el Premio Nobel de la Paz. Desde 1983, en la Argentina celebramos la recuperación democrática y en Chile recuerdan el día en el que murió Augusto Pinochet. También fue el día elegido, en 1977, por la dictadura genocida para desaparecer a una de las organizadoras de Madres de Plaza de Mayo. Una mujer con nombre de flor llamada Azucena…

Azucena Villaflor nació en Avellaneda el 7 de abril de 1924. Abandonada por sus padres, fue criada por su tía Magdalena en el seno de una familia obrera y peronista[1]. A los dieciséis años empezó a trabajar como telefonista en una empresa de electrodomésticos y allí conoció a Carmelo De Vincenti, con quien se casó en 1949. Tuvieron cuatro hijos: Cecilia, Pedro, Adrián y Néstor. Cuando éste y su novia Raquel Mangin fueron secuestrados el 30 de noviembre de 1976, la vida de Azucena y de toda la familia  cambió, para siempre. Su hija Cecilia, recordaría años más tarde: “yo tenía complejo de fea en la escuela y mi mamá me llevó a un concurso de baile. Cuando mi hermano Toto se rompió el brazo, mi mamá estuvo detrás de él hasta que se le soldó el hueso. Cuando mi hermano Néstor desapareció, ella salió a buscarlo. Es pura lógica de madre. A partir de ese momento empezó a estar llorosa y triste, pero a pesar de eso hizo todo, todo[2].”

Ese ‘hacer todo’ incluyó juntarse con otras madres que iban y venían buscando a sus hijos e hijas. El 30 de abril de 1977, el grupo originario de Madres de Plaza de Mayo iniciaría la más fuerte resistencia a la dictadura militar. Desde 1976 estas mujeres se venían cruzado en los pasillos del Ministerio del Interior y en el hall de la Iglesia Stella Maris donde eran sistemáticamente maltratadas por el Vicario castrense de la Armada, Emilio Graselli. Ante el cinismo, la indiferencia  y las mentiras con las que se rechazaban sus reclamos, algunas de ellas decidieron hacer algo más: “tenemos que hacer algo. Juntas podemos hacer algo, pero separadas no vamos a lograr nada. Y tiene que ser en esta Plaza, acá sucedieron las cosas más importantes del país”, les dijo Azucena Villaflor a otras como ella. Y ese 30 de abril junto a María Adela Antokoletz, Mirta Acuña de Baravalle, Beatriz de Neuhaus, Delicia González, Élida Caimi, Raquel de Narrizarrena y Raquel Arcuschin acudió a ese primer encuentro en la Plaza de Mayo. El terror impuso que cada semana fueran más…

Según Pedro De Vincenti: “la genialidad de mi mamá fue que un día dijo: ¡Basta! Así no vamos a encontrar a nadie. Vayámonos a la Plaza. Ese es el quiebre. Hizo todo lo que políticamente estaba mal hacer en esa época. Ella hasta ese momento era una madre común que se ocupaba de sus hijos y del marido. Siempre preparaba la comida al mediodía, o la encontrabas cebando mate a la tarde y ayudando con las tareas escolares, pero a partir de ese momento cambió. Nos dejaba la comida preparada y salía a buscar a mi hermano.” Primero se juntaron un sábado, luego un viernes y finalmente los días jueves. Comenzaron a circular alrededor del monumento a Belgrano y luego rodearon la Pirámide de Mayo. Publicaron solicitadas, se contactaron con la prensa internacional y con el famoso pañal blanco en la cabeza, volvieron visible lo pretendidamente invisible. Seguramente por ello, entre el 8 y el 10 de diciembre de 1977, la dictadura embistió también contra la agrupación mediante un operativo coordinado desde la ESMA.

En la Iglesia de la Santa Cruz, en San Cristóbal, solían juntarse los familiares de desaparecidos para coordinar acciones. Para diciembre de 1977 su objetivo era sacar una solicitada denunciando los crímenes de la dictadura. El 8 de diciembre, María Eugenia Ponce (que buscaba a su hija Alicia), Esther Careaga (que buscaba a su yerno Manuel y a su hija Ana María) y la monja francesa Alice Domon habían participado de la ronda semanal en Plaza de Mayo. Al finalizar, Mary y Esther se fueron para la Iglesia porque, como se iba a realizar la celebración por la virgen, era una buena oportunidad para terminar de reunir el dinero para la publicación. Allí se encontraron con Ángela Auad, Raquel Bulit, Gabriel Horane y Patricia Oviedo que también estaban buscando a sus familiares. Al finalizar la misa todos ellos fueron secuestrados en la puerta de la Santa Cruz. Un represor infiltrado los marcó con un beso para que la patota los identificara; su nombre: Alfredo Astiz[3]. Horas más tarde lo mismo ocurrió con Julio Fondovila y Horacio Erbert, que formaban parte del grupo pero que circunstancialmente no se encontraban en la Iglesia. Al día siguiente fue secuestrada Alice Domon y el 10 de diciembre, el pintor Remo Berardi, Sor Leonie Duquet y Azucena Villaflor.

A Azucena la fueron a buscar a su casa en Sarandí, pero no estaba. La encontraron comprando el diario, porque finalmente y a pesar de los secuestros del día 8, la solicitada había sido publicada. Tras el operativo en Santa Cruz, el padre Federico Richard había denunciado todo en el Buenos Aires Herald y dos días más tarde la solicitada salía en el Diario La Nación firmada por 804 familiares. Elvira, que trabajaba en la casa de los De Vincenti, fue la última persona de la familia que la vio con vida. Jamás olvidó lo sucedido esa mañana. Carmelo ya se había ido a trabajar, entonces Azucena salió con su bastón y  la bolsa de los mandados. Tenía que ir a comprar el diario. Lo hizo en el puesto cercano; también compró facturas y volvió a la casa. Pero encontró que el diario estaba mal impreso y volvió a salir para comprar otro. Antes, golpeó la puerta del cuarto de Cecilia y le preguntó: “nena… ¿qué querés comer?… ¿carne o pescado? Pescado le contestó Cecilia. Qué suerte, dijo Azucena, así voy a comprar otro diario porque éste salió borroso”.

 Cuando cruzaba la Avenida Mitre, dos autos la encerraron, se bajaron ocho hombres y la subieron a la rastra, mientras que ella se tiraba al piso y se resistía a los gritos. Luego la trasladaron a la Escuela de Mecánica de la Armada. El testimonio de Lila Pastoriza fue fundamental para reconstruir su cautiverio allí. Lila ha relatado que un día le llamó la atención que entrara un grupo de mujeres grandes (entre las que estaban Azucena, María Eugenia y Esther); se parecían a un grupo de madres o tías y no daban con el promedio de edad de los otros secuestrados. También recuerda que durante su cautiverio Azucena repetía que lo único que quería era encontrar a su hijo. Aparentemente, cuando el 14 de diciembre de 1977 la noticia sobre la desaparición de Sor Alice Domon y Sor Leonie Duquet se conoció en Francia, los responsables de la ESMA hicieron circular la versión de que en realidad ellas habían sido secuestradas por Montoneros y las fotografiaron con una bandera de esa organización detrás. Luego decidieron el traslado de todo el grupo de la Santa Cruz en los vuelos de la muerte.

Desde 1977 existen informes policiales sobre la aparición de cadáveres en las playas bonaerenses[4]. A fines de diciembre de 1977 se realizaron algunas denuncias referidas a la aparición de un grupo en las costas de Santa Teresita que rápidamente fue enterrado como NN en el Cementerio de General Lavalle. Allí permanecieron durante 28 años. En el año 2003, tras una investigación periodística, se localizaron estas tumbas y el juez Horacio Cattani ordenó realizar las excavaciones al Equipo Argentino de Antropología Forense. Allí se ubicaron dos líneas de tumbas con 8 esqueletos y finalmente en julio del 2005 se identificó a Ángela Auad, Leonie Duquet, Azucena Villaflor, María Eugenia Ponce y Esther Careaga entre ellos. Las cinco mujeres fueron entregadas a sus familias y cada una decidió enterrarlas en lugares significativos para una lucha que este año ha cumplido 41 años.

María Eugenia y Esther descansan en la Santa Cruz y las cenizas de Azucena fueron depositadas junto a la Pirámide de Mayo, luego de la Marcha de la Resistencia, el 10 de diciembre del 2006. Ese día su hija Cecilia dijo: “aquí nació mi mamá a la vida pública y acá debe quedar para siempre y para todos. Este es el centro político de la ciudad. Para mí, viéndolo a la distancia, resulta maravilloso que mi mamá haya resuelto venir a luchar acá. Lamento que nunca podré decirte cuánto te necesité en estos años, en estos diez mil días. Ahora sé lo que es extrañar, sentir la angustia de no saber, de buscar”. Desde entonces, una  azucena acompaña cada día a Azucena Villaflor en su descanso en la Plaza de Mayo, un lugar al que ella nunca dejó de volver…

[1] Raimundo y Osvaldo Villaflor impulsarían la formación del Peronismo de Base en 1973/74. La historia familiar ha sido recuperada por Enrique Arrosagaray en el libro ‘Los Villaflor, de Avellaneda’ de 1993.

[2] ‘Ni cortando esa flor pudieron terminar con la primavera’ es el título del documental en el que se rescata la historia de Azucena Villaflor y los testimonios de sus hijos. Realizado por Claudia Bueno, Diego Csome, Julián Cosenza y Laura Villafañe del Instituto de Medios de Comunicación de la UNLaM, en 2010.

[3] El documental ‘La Santa Cruz, refugio de resistencia’ (2009) de María Cabrejas y Fernando Nogueira desarrolla detalladamente esta historia.

[4] ‘Historias de aparecidos’ (2005), de Pablo Torello (Universidad Nacional de La Plata), documenta la identificación y restitución del grupo por parte del EAAF.