De magos, hechiceres y brujas

Imagen ilustrativa extraída de BBC.com

[Por Gabriela Pascual] Cuando discursos que creíamos superados nos sitúan otra vez como meras perpetuadoras de la especie; cuando la biología vuelve a ser el argumento que denigra las perspectivas de género; cuando un presidente electo se declara públicamente contra la ampliación de los derechos femeninos o cuando la sociedad de consumo nos invita a una celebración que combina disfraces, vestidos negros y calabazas, estamos en problemas. La bruja que llevamos dentro sacude nuestros instintos ancestrales y pensamos todo tipo de conjuros que nos inmunicen del daño que las nuevas (viejas) políticas podrían producirnos. Porque éstas sí que no son producto de la hechicería, sino de la más pura derechización a la que el mundo nuevamente asiste. Pero, tranquiles, porque si bien las brujas no existen, que las hay… las hay… He aquí su historia.

En la Europa medieval y de inicios de la modernidad existieron una serie de personajes extraños que pulularon rompiendo las lógicas imperantes, lo que les valió ser considerados mínimamente como ‘problemáticos’. Magos, hechiceres y brujas poblaron los inmensos bosques donde las leyendas de la época ubicaban todo lo negativo y prohibido del mundo. Y también y sobre todo, aquello que ponía en duda el orden establecido.

Los magos poseían la capacidad de transmutar las cosas, y en especial una de vital importancia para la supervivencia, el metal. Eran expertos alquimistas y sus conocimientos les permitían reforzar las herramientas de labor que mayormente se hacían de madera. Gracias a ellos y sus saberes se mejoraba en parte, la existencia de un mundo campesino miserable. Similar era el papel de hechiceros y hechiceras, pero mientras que la magia era una práctica masculina, para la hechicería no existía diferenciación por géneros. Hechiceres entonces, eran quienes guardaban los saberes más preciados del mundo popular. Preservaban conocimientos ancestrales sobre el trabajo agrícola, la cría de animales, la medicina o la comida. En buena medida, de ellos dependía la supervivencia comunitaria y sin dudas, su mayor éxito fue la cura de enfermedades. Su incidencia sobre la vida y la muerte fue tan potente que los convirtió en un peligro para los poderosos: por un lado se inmiscuían en las cosas de Dios y por otro, prolongaban la vida rompiendo el equilibrio entre recursos y consumidores.

Pero más problemáticos que los magos y les hechiceres fueron las brujas. La historiografía coincide en afirmar que, mientras los primeros verdaderamente existieron y fueron personas con prácticas culturales particulares, las brujas no fueron reales. No eran humanas que volaban, aparecían, desaparecían o adormecían a sus víctimas sino que fueron un invento que apeló a la imaginería con una clara finalidad política. Quienes detentaban el poder crearon esta categoría para demonizar a aquellas que alteraban el orden y elegían no obedecer a los poderosos. Por eso se las llamó maleficae (en latín) o brujas (en castellano), seres malignos emparentados con el demonio que lentamente fueron asimiladas con la herejía.

La consolidación de la Iglesia católica, apostólica y romana y su transformación como centro hegemónico fue el escenario en el que estos seres existieron. Para el siglo XI ésta había unificado Europa y centralizaba el poder, espiritual y material, en el papado. También se había consolidado una sociedad profundamente desigual que terminaría estallando en agudas crisis. El latifundismo, la sujeción, las hambrunas, las pestes, las muertes masivas generaron profundas tensiones. A aquellos que comenzaron a cuestionar y poner en riesgo el orden establecido se los empezó a acusar de herejes. Hereje era ‘el que elegía’ y si bien acusaciones de este tipo existían desde el año 338, a partir del siglo XI se volvieron sistemáticas. Aquellos que eligieron no obedecer terminaron siendo perseguidos y lentamente se incluyó a las maleficae en esta categoría. Eran seres libres, escapaban de los mandatos impuestos, ‘elegían no obedecer’.

Para combatirlos el papado desarrolló mecanismos cada vez más represivos a cargo del Tribunal del Santo Oficio. Entre los años 1199 y 1229 se sistematizó la detección, persecución y detención de los potenciales herejes. Todos aquellos cuya conducta fue tildada de sospechosa terminaron siendo hostigados por despiadados Inquisidores. En el año 1252 se incluyó la práctica de la tortura para su castigo, como paso previo a una ejemplar y pública ejecución. Y en 1448, bajo el papado de Inocencio VIII, se redactó un completo manual titulado ‘El martillo de las brujas’ para instruir la caza y eliminación de las maleficae como parte de la herejía. Grandes quemas de brujas se produjeron en toda Europa. Según el historiador Marvin Harris en su libro ‘Vacas, cerdos, guerras y brujas’, unas 500 mil mujeres fueron asesinadas de este modo acusadas de: pactos con el diablo; viajes por el aire montadas en escobas; realización de aquelarres; copulación con diablos masculinos (íncubos) y femeninos (súcubos); matar vacas ajenas; provocar granizadas, destruir cosechas, robar y comer niños.

Los miedos y prejuicios de las comunidades fueron aprovechados para que numerosas y terribles historias circularan por los pueblos demonizando a las malaficae y sus prácticas. Pero lo cierto es que jamás pudo ser demostrado ningún acto de brujería, por más investigaciones que el Santo Oficio realizó. En un ochenta por ciento las acusadas fueron mujeres, mayores de edad y pobres; pero también hubo niños y niñas y algunos varones adultos. Una vez detenidas todas ellas fueron sometidas a crueles interrogatorios que terminaron por arrancar confesiones falsas para evitar la continuidad del martirio. Y he aquí una perversión más de la situación. Quienes detentaban el poder sabían que las brujas no existían, ellos mismos habían creado esa categoría, pero mediante la violencia terminaban logrando que las mujeres quebradas prefiriesen confesar algo que no eran, para llegar a la hoguera más rápido y terminar con el suplicio, o quizás denunciaban a otra mujer (que tampoco era bruja) para que en vez de la hoguera el castigo fuera la horca.

La historia de Elsa, reconstruida a partir de las actas de la Inquisición, nos permite pensar la historia en primera persona: “dos mujeres vagabundas habían confesado, bajo tortura, ser brujas. Se les pidió que identificaran a las otras personas que habían visto en el aquelarre y mencionaron a la esposa del panadero, Elsa Gwinner, quien fue conducida ante los examinadores el 31 de octubre de 1601 y negó cualquier conocimiento sobre brujería. Le advirtieron sobre innecesarios sufrimientos, le ataron las manos a la espalda y la levantaron del suelo con una cuerda atada a las muñecas, un sistema conocido como la estrapada. Empezó a gritar diciendo que confesaría y pidió que la bajaran. Como no lo hizo, la trasladaron a la prisión y el 7 de noviembre volvieron a aplicarle la estrapada con pesos cada vez mayores atados en el cuerpo. Finalmente gritó que no podía aguantarlo y confesó haber gozado del ‘amor de un demonio’. Como no quedaron conformes volvieron a torturarla y también detuvieron a su hija Ágata a quien hicieron confesar que tanto ella como su madre eran brujas y que habían provocado la pérdida de las cosechas para elevar el precio del pan. Elsa admitió que tenía un amante demoníaco y que su amante la había conducido en dos vuelos hasta el aquelarre. Le pidieron que diera los nombres de otras mujeres que participaban de él. No lo hizo. Murió quemada el 21 de diciembre de 1601.”

Elsa Gwinner fue asesinada por bruja al igual que las demás. Todas se negaron a acatar las normas establecidas. Es probable que al partir sus esposos a las Cruzadas (y no volver jamás, en muchos casos) participaran de reuniones, fiestas, libaciones y es posible también que tuvieran sexo con varones que no eran sus maridos o con otras mujeres, prácticas que atentaban contra todos los mandatos sociales. Seguramente utilizaban pócimas que les permitía entrar en trance o dormirse. Y aunque no podían volar, de haberse atrevido hubiera sido el colmo de los colmos ya que a nadie le estaba permitido andar libremente por el cielo cuando éste era el reino de Dios. A todas ellas se las acusó de herejes por elegir hacer todo lo que no se debía hacer. Se las cargó de sentido negativo y hacia ellas se trató de desviar la mirada condenatoria de la comunidad. Para la Iglesia y los señores feudales su supuesta existencia fue absolutamente útil; a medida que las tensiones se agudizaron, las fueron responsabilizando de peores males, sobre todo de aquellos que aquejaban a los conjuntos más pobres y numerosos de la sociedad. La pérdida del ganado y las cosechas, la muerte de los niños, las enfermedades, la infidelidad, esterilidad o la locura terminaron siendo explicados como consecuencia de un maleficio y no de la desigualdad imperante. Fueron ‘el otro, la otra, el otre’ creados para recibir los odios de una sociedad que estaba entrando en crisis y en su persecución y eliminación aquellos que detentaban el poder encontraron una nueva razón de ser.

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