Hasta siempre viejo Urbano

Recibimiento al equipo en la despedida del EstadioY al final, el día llegó. Cuando arrancó la temporada, sabíamos que esta jornada se nos vendría encima de manera inexorable. De todos modos, distraídos por el día a día lo mirábamos de reojo como algo lejano.

Pero esta tarde cuando entramos al estadio supimos al instante que la cosa iba en serio. Que esa sería la última vez que cruzaríamos el portón de acceso sobe la calle Brown para hacer nuestro trabajo desde la casa de toda la vida.No hubo manera de que las historias propias y ajenas no vinieran acompañadas por alguna lágrima o -cómo mínimo- por algún nudo en la garganta que nos dificultara la dicción.

Las caras de viejos guerreros que supieron regar de sudor el césped del viejo Urbano, iban apareciendo entre la multitud y se mezclaban con las de aquellos que los habían visto vestir los colores de Morón, pero también con las de esos que apenas transitan sus primeros años de vida y que no imaginan como esos señores pudieron ser alguna vez esbeltos futbolistas.

La burbuja cálida de nostalgia y de recuerdos generada a lo largo de la tarde pareció romperse de golpe cuando Ignacio Lupani dio el pitazo de inicio del partido. Allí la fantasía de viejos y buenos momentos se estrelló de frente contra la pobre realidad deportiva de un equipo que mostró la misma cara que en toda la temporada.

Sin ideas claras a la hora de generar juego, Morón iba sin más argumento que el empuje de las más de quince mil almas que desbordaron el estadio. Pero como “los de afuera son de palo” -tal como dijera el caudillo charrúa, Obdulio Varela, antes de la final de 1950- el arquero Ruhl no tuvo mayores sobresaltos durante la primera parte.

La segunda mitad, fue igual a los primeros cuarenta y cinco. Sólo hubo una diferencia. El gol de Damián, el gol del 9. Para que la fiesta de despedida fuera completa faltaba el tanto de Akerman. Pero, en cambio, llegó el de Damián Gómez, el 9 de Acassuso para poner el 0-1 que sería definitivo.

“Ni el tiro del final” repetía el relator culpando al destino mientras veía escurrirse los minutos sin atisbo de reacción desde el rectángulo verde. Claro está, que la reacción nunca llegó. Apenas una de Akerman que Ruhl supo resolver y un desborde de Ábila que nadie llegó a conectar para empardar el marcador.

Y así se fue el segundo tiempo del último partido en el estadio que ya nunca volverá a ver acción. Pobre final para tan grande historia, es cierto. Demasiado marco para tan pobre pintura, es verdad. Pero es lo que hay. Es la parte de la historia que nos tocó en suerte vivir.

Los libros dirán que el estadio Francisco Urbano se cerró con derrota. Y aunque duela irse de casa, mejor que haya sido el último. Esas paredes, esas tribunas, y -especialmente- ese césped no merecen seguir siendo mancilladas por esta realidad.

Mejor cerrar la puerta de Brown y La Roche. Enjugar la lágrima que se escapa por el destierro. Respirar profundo para aliviar el nudo en la garganta. Y rumbear para el sur. A escribir otra historia. No sea cosa que los fantasmas de los buenos tiempos se ofendan por este presente y por el futuro que desde acá se ve feo feo.

Por Facundo Ferrari (integrante de La 94 Sport)

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