Hay otro amor de primavera dando vueltas

En una charla de casi dos horas, Miguel Grinberg, poeta de la generación de los 60 y autor del libro de rock por excelencia Cómo vino la mano, hace un repaso por su vasta trayectoria dentro del mundo del periodismo, la escritura y la ecología. Y afima que el rock “es como una red que no para de tejerse”.

Nota publicada en la Revista Güarnin! Nº98
Por Gaby Sánchez, foto por Vicky Cuomo

Llego apenas diez minutos antes de lo pautado al bar La Academia, situado sobre Callao, justo al lado del Bauen. Pero encontrarme allí de antemano parece sorprender a Miguel Grinberg que llega con un saco marrón y una bufanda a rayas. “Voy a desensillarme”, dice mientras apoya el saco en una silla y se desata la bufanda. Tratar de contar su vida y, con ella, el sinfín de eventos de los que fue partícipe, se muestra imposible de condensar en una nota porque su historia es demasiado inabarcable e interesante para elegir qué dejar afuera y qué no. Asumido el reto, le doy Rec al grabador.

Miguel es hijo de inmigrantes. Nació en una casa sin biblioteca. Quizás sea el motivo de sus búsquedas incansables en el mundo literario. Dice no poder quejarse de la protección y el afecto que recibió de su familia -compuesta por sus padres, una hermana cinco años menor y una enorme cantidad de tíxs y primxs-. “Era una familia fiestera, siempre había un motivo para festejar”, cuenta. Pese a esto, se recuerda como un chico introvertido: “Había momentos que necesitaba estar solo. Más que soledad, era introspección para desentrañar repertorios que latían en mí. Tenía que descubrir continentes desconocidos de la mente”. Era “un niño standard” que jugaba al futbol en la calle e iba a hacer natación y básquet en el club Ferro. A mi criterio, lo standard no parece ser algo que lo defina. “El espíritu que signó mi infancia fue descubrir lugares”, narra. A los trece, en su Bar-Mitzvah, su padre le regaló una bicicleta. “La bicicleta fue mi nave espacial. Primero era ir unas ocho o diez cuadras hasta Parque Centenario. Viviendo en Caballito oeste y teniendo esa edad, era suficiente como aventura. Después, me fui hasta Palermo. A partir de ahí, mi vida es una escalada de aventuras.”

El derrocamiento de Perón lo encontró en la Facultad de Medicina, donde estudiaba Pediatría. “Entré en crisis en la facultad. Quería ser Pediatra… ahora hago pediatría pero desde el periodismo y cuido niños argentinos ecológicamente”, se contenta con el giro que tomó su vida, quien cuenta con varias publicaciones ecológicas en su haber. Lo que lo frustró fue la vida política de 1958. Por esos tiempos, había una gran confrontación social contra el llamado Artículo 28, que autorizaba la creación de universidades privadas. En rechazo, lxs estudiantes ocuparon la facultad. No estuvo en la ocupación, pero sí en la movilización de apoyo, esquivando policías para llevarles comida a lxs compañerxs que se encontraban adentro. “Mucho gas lacrimógeno. Muchos lastimados. Fue diez años antes y con las mismas imágenes del Mayo Francés”, rememora. En plena crisis, saliendo del gimnasio de la Sociedad Hebraica vio un cartel que decía Clases de Arte Escénico. Se anotó.

“Entre recortar revistas –pegaba imágenes que sacaba de Billiken en un cuadernito- y leerlas (una colección de Leoplán que encontró en el altillo de su abuela y unas Selecciones de la segunda guerra mundial, halladas en una cómoda de sus tíxs) fui lector, tempranamente. A través del círculo familiar y amistoso de mis padres, me llegaban libros de regalo. Salí a explorar el mundo de los libros: los domingos iba al centro por la tarde. Ahí descubrí el magnetismo de la calle Corrientes, que era el centro de la bohemia. Yo, a esa altura, no la conocía de noche. Mucho más adelante, me convertí en parte de ella.” Años más tarde, sería testigo y co-protagonista de la génesis del Movimiento de Rock Argentino en La Cueva o La Perla del Once. Atraído por las librerías “de viejo” y revisando en las mesas de libros usados tuvo su “primer experiencia trascendental”, según propias palabras. “Fue en ese tipo de aventura exploratoria que descubrí a Roberto Arlt.” Esa fue su primera lectura contracultural.

En medio de una lectura en la biblioteca de la Facultad de Medicina -“que bien podría haber sido de Anatomía patológica”, bromea-, escribió sus primeros poemas, influenciado por los textos que le compartían sus amigxs de teatro. “A medida que crecían mis búsquedas, mi biblioteca crecía, proporcionalmente.” Esa fue una de las últimas veces que visitó la facultad. Más tarde, de mochilero se embarcó en una aventura por tierra a Río de Janeiro con Antonio Dal Masetto. “Allí, descubrí no sólo la poesía y los poetas sino que a raíz de la relación amistosa que entablamos con ellos, trajimos muchos libros y además, descubrí la posibilidad de relacionarme con gente del extranjero a través de la correspondencia.” Desde Nueva York, su amigo Zito le envío un libro del poeta Allen Ginsberg llamado Howl (Aullido), que resultó clave para descubrir la llamada Generación Beat, que tanto lo apasionó. Contando con la ventaja de ser bilingüe, tradujo algunos cuentos y los mandó a la editorial para difundirlos. Para su sorpresa, le contestaron desde Tánger, Marruecos. “Era el mismísimo Allen Ginsberg”, cuenta y agrega: “Fue el principio de una larga historia de correspondencia con figuras notables de la cultura occidental”. Se escribió con el monje trapense Thomas Merton y con el novelista Henry Miller.

¿En qué contexto surge la revista Eco Contemporáneo?
Con Dal Masetto frecuentábamos los bares literarios de la Avenida Corrientes, especialmente La Paz y otro bar que se llamaba La Comedia. Ahí se reunían los poetas y los escritores. Se nos iba juntando una carpeta de originales: eran las notas brasileñas que habíamos traído sobre la poesía y los poetas de allá, las traducciones de Allen Ginsberg y cosas de los “Nadaistas”, grupo rebelde colombiano. Teníamos un stock de material poético latinoamericano, pero todos acá estaban en la cultura francesa. La generación de los poetas argentinos de los cincuenta eran francófonos y a nosotros nos había picado el bicho latinoamericano y nos ignoraban. Además, como todo el mundo era antinorteamericano después de la invasión de Playa Girón, venir con poesía norteamericana era como traer poetas del imperialismo, y nos ganábamos el desprecio de la inteligencia porteña del centro. A final del 61, en una noche de mucha bruma y frustración en el bar San Martin nos quedamos cavilando sobre qué hacíamos con esa carpeta llena de material, que nadie leía, porque nadie se interesaba. Y, empezamos a delirarnos con “¿Por qué no hacemos una revista?” Declaramos estado de autonomía, la encuadernamos nosotros y salió con 128 páginas. Sacamos los primeros cien ejemplares de una tirada de 1.500. Nosotros no lo sabíamos, pero nos estábamos convirtiendo en los poetas del sesenta. Yo ya escribía poemas, algunos salieron en la Eco Contemporáneo y poco a poco, fui armando un librito que se llamó Ciénagas, que publicamos, tiempo después, como separata en la revista.

¿Es por este momento que surge La Nueva Solidaridad?
Claro. Yendo a la librería Galatea, que tenía una mesa de revistas, seis meses después de haber empezado a hacer Eco… y ya terminando el número 3, descubro allí una revista-libro mexicana de poesías llamada El Corno Emplumado, que había salido durante el mismo bimestre que nuestra publicación. Empezamos a hablar con la gente de El Corno. En el interín, yo había descubierto a Nicanor Parra. Es decir, que con toda esa amalgama de actitudes heterodoxas e iconoclastas y contraculturales descubrí que éramos un movimiento. Y ahí fue que fundé el llamado movimiento “La Nueva Solidaridad de las Américas”, que no excluía a los Estados Unidos.

En febrero 1964 fue con un pasaje de ida a México al Primer Encuentro de “La Nueva Solidaridad”, del cual participaron 31 poetas de quince países. Su viaje se extendió debido a que encontró una esquela de Thomas Merton, desde su monasterio en Kentucky, que le decía que no podía viajar a México y le mandaba un mensaje a lxs poetas para que lo leyera en su nombre durante la cumbre. Pero, además, le dijo: “Negocié, dado que no me dieron permiso para viajar, que me visites”. Ni lo dudó y aprovechó esta oportunidad. En un viaje memorable, por la cantidad de anécdotas, conoció a Merton. Durante su estadía, escuchó -por primera vez- desde una vitrola en la terminal de ómnibus de El Paso en Texas, a los Beatles, que estaban debutando en el programa de Ed Sullivan. Vio a los primeros hippies, fue activista pacifista en la oposición a la Guerra de Vietnam y en la lucha de lxs negrxs por sus derechos civiles. Todo esto está incluido en un libro, el diario inédito Memorias de ritos paralelos, que verá la luz en estos días.

La revista duró hasta 1969. Y en agosto del 70, sacó otra: Contracultura. Con la misma línea que había adoptado Eco… “Al final, había dejado de ser una revista literaria para convertirse en una revista de testimonios generacionales en prosa. Eso lo seguí en la nueva revista. Y casi con la aparición de Contracultura yo empecé a picotear el periodismo profesional”. Paradójicamente, su primera nota salió en Leoplán, la misma revista que le abrió las puertas al mundo de las letras. Luego, colaboró en el diario El Mundo. Escribió críticas musicales y cinematográficas en la revista Panorama. Tuvo una revista llamada Cine y Medios y el mismo año, se convirtió en columnista de la revista Bella Gente, poniendo su firma en la columna “Rock en Buenos Aires”. Desde 1965-1966 ya estaba vinculado al movimiento de rock y era amigo de los grupos nuevos como Almendra, Los Gatos o Manal, a quienes conoció en sus tantas visitas a La Cueva.

¿Te dabas cuenta que se estaba generando algo ahí?
Me daba cuenta que esa gente era el futuro. Fue por esto que intuí, que salió el libro Cómo vino la mano, que lo hice a lo largo de 1976 y salió en 1977, donde conté los orígenes. En realidad, Cómo vino… era el subtítulo. Música progresiva argentina se iba a llamar. Ya en abril del 72, había debutado en Radio Municipal con “El Son Progresivo”. Ahí, difundí los orígenes del rock argentino. Fue el primer programa de rock que hubo en una radio oficial. Cuando no estaba en la radio, estaba en revistas alternativas o estaba en algún medio periodístico o sacaba alguna otra revista hasta que en 1975 me reclutaron del diario La Opinión -donde legitimó el movimiento rockero durante la dictadura-, mientras yo hacía la Mutantia.

¿Cómo describirías a Mutantia?
La Mutantia salió hasta 1987, durante 7 años. Fue la primera publicación que puso sobre el tapete la problemática nuclear, de los pesticidas y de la destrucción de la naturaleza. Yo venía familiarizado con la ecología desde mi viaje a Estados Unidos.

Retomando el tema del rock, tu libro Cómo Vino la Mano se volvió de culto, ¿Pensabas que podía llegar a pasar esto cuando lo escribías?
No, para nada. Tampoco supe que iba a seguir creciendo. En la primera edición no entraron, por espacio, las entrevistas a (Claudio) Gabis y a (Gustavo) Santaolalla. Por eso entraron en la segunda edición que hicimos de Mutantia. La tercera edición la hizo Distal y la cuarta Gourmet Musical. Esa es la definitiva, no va a seguir creciendo.

La última edición, incluye un manifiesto realizado por Pablo Dacal llamado “El asesinato del Rock”, ¿Cómo ves a las nuevas generaciones de músicos de rock?

Hay otra canción. Hay otra generación. No es una nueva versión de lo que ya conocemos. En algunos casos con mucho rigor poético, contemporáneo de un oportunismo comercial, porque ahora ponen cuatro tipos con pelo largo o camisetas floreadas e instrumentos eléctricos y lo llaman rock, y son cualquier cosa. Hay cancionistas, grupos laterales que no están en el show business pero que están trabajando hace muchos años y solistas nuevos. De nuevo hay músicos que vienen con formaciones de conservatorio y que están haciendo una música más sofisticada. Y son incontables. Eso lo trato de difundir a través de un programa que se llama “Rock que me hiciste bien” por Radio Nacional, donde hago un mix entre clásicos y nuevos exponentes. Es decir, es una red que no para de tejerse. Hay muchos exponentes poéticos y una gran actividad de recitales de poesía. Entonces, hay… no voy a decir un boom porque eso ya está muy usado para vender desodorantes… Hay otro amor de primavera dando vueltas…

“Ese es un lindo título para tu nota”, me dice, y yo lo tomo.

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