Por Gabriela Pascual | Cuando en el 2011 se cumplían 10 años del Argentinazo, un estudiante de la EES N° 11 ‘América Libre’ de Morón, llamado Rodrigo Ortigoza escribió: “Van caminando, serenos, tranquilos, domables. Caminantes sin rumbo, sin hogar, dueños de los silencios y de los miedos, que deben ocultar. Son caminantes sin retorno, dueños de los olvidos y descuidos ajenos, son dueños de todo lo que vos no necesitas. Buscan entre las sombras su felicidad, algo que los libere, que ayude a sus alas a volar. Y entre la podredumbre circulan, y entre la podredumbre abundan. Con las manos al aire van atacando, sin guerras, sin muerte, sin odio, sólo dolor. Lastiman al que todo lo puede, al que todo ve pero esquiva la mirada… Y perdonan a los que no perdonan, y van pensando y van soñando, por lo bajo van susurrando una canción para buscar la libertad.” Por entonces ese joven tenía 17 años; hoy ya casi tiene treinta y su infancia transcurrió a la sombra de las consecuencias que dejó ese temporal neoliberal que estalló en las jornadas del 19 y 20 de diciembre del 2001. Transitando el 17° aniversario de esos fatídicos días y en plena restauración neoliberal te invitamos a repasar cómo llegamos hasta allí. También a conocer algunas historias que en definitiva nos hablan de nosotros mismos, de quienes fuimos, de quienes somos…

Lo ocurrido entonces fue tan contundente que obligó a los científicos sociales a volver a mirar y poner el foco en lo que habían sido treinta años de implementación neoliberal a nivel global. Diciembre del 2001 se convirtió rápidamente en un llamado de atención de aquello que podía ocurrir (y finalmente sucedió) no sólo en el tercer mundo, sino también en los países centrales, si estas políticas continuaban implementándose. Trabajos muy tempranos como el de Perry Anderson, ‘Neoliberalismo, un balance provisorio’ (2003) o el texto ‘Guerras del siglo XXI’ (2003) de Ignacio Ramonet (con un apartado especialmente dedicado a nuestro país y titulado ‘Argentina, un caso de manual’) comenzaron a sistematizar los análisis de lo que las políticas neoliberales estaban generando: profundísimas crisis que tenían su génesis en las características propias de un sistema naturalmente desigual e inequitativo.

Recordemos que la implementación neoliberal se produjo luego de la crisis del estado de bienestar en los años ’70 y que terminó con años de estabilidad capitalista. Ya en 1944 Frederich Hayek y Milton Fridman habían planteado en su texto ‘Camino de servidumbre’ que una economía basada en el consumo no podría mantenerse estable por mucho tiempo. Lo que se preanunciaba desde fines de la II Guerra Mundial finalmente sucedió casi 40 años después, cuando la suba generalizada de los costos productivos (tras la crisis del petróleo) desestabilizó el sistema, empezando por los países centrales. En ese contexto quienes formaban parte de la Sociedad de Mont Pelerin, agoreros ignorados durante décadas, salieron a proponer los shocks neoliberales como solución a la recesión, a las caídas en las tasas de crecimiento y a los altos niveles de inflación. Encontrando en el poder ‘excesivo y nefasto’ de los sindicatos la mayor responsabilidad del colapso, ya que con sus acciones ‘habían socavado las bases de la acumulación privada con sus presiones reivindicativas sobre los salarios y con su presión parasitaria para que el Estado aumentase cada vez más los gastos sociales’. Según sus análisis la suba de los costos de producción y la suba constante de los salarios habían llevado al sistema a la quiebra.

El remedio entonces era claro: se debía mantener un estado fuerte en su capacidad de quebrar el poder de los sindicatos y en el control del dinero, pero limitado en lo referido a los gastos sociales y a las intervenciones económicas. La estabilidad monetaria debería ser la meta suprema de cualquier gobierno. Para eso era necesaria una disciplina presupuestaria, con la contención del gasto social y la restauración de una tasa ‘natural de desempleo’, que impulsara salarios a la baja. Además, eran imprescindibles reformas fiscales y reducciones de impuestos sobre las ganancias más altas y sobre las rentas, para incentivar el consumo de quienes más poder adquisitivo tenían. Según sus postulados: ‘de esta forma, una nueva y saludable desigualdad volvería a dinamizar las economías avanzadas, entonces afectadas por la intervención anti cíclica y la redistribución social, las cuales habían deformado tan desastrosamente el curso normal de la acumulación y el libre mercado. El crecimiento retornaría cuando la estabilidad monetaria y los incentivos esenciales hubiesen sido restituidos’

Estas medidas fueron implementadas a partir de 1979 en Inglaterra, durante la administración de Margaret Thatcher, y en 1980 en Estados Unidos, a partir del gobierno de Ronald Reagan. A lo largo de la década del ochenta el resto de Europa Occidental transitaría el mismo camino. En América Latina quien lideró lo que podría llamarse la ‘experimentación neoliberal’ fue Chile durante la dictadura de Augusto Pinochet. Luego, el resto de las dictaduras del cono sur se hicieron eco de estos proyectos. Lo mismo sucedió más tarde con la Europa del Este y la ex URSS, pero para ello primero debió producirse la caída de los socialismos reales en el mundo. La década del ’90 (previa caída del Muro de Berlín y de la Unión Soviética) generó el terreno propicio para la implementación planetaria del capitalismo neoliberal.

Concretamente en la Argentina, el terreno fue preparado por los estados autoritarios (Onganiato primero; Estado Terrorista después) con una profunda apertura al sector financiero externo, achicamiento del estado, transnacionalización productiva (primero en la industria pesada y luego en la liviana) y sobre todo el quiebre de la capacidad de lucha de los trabajadores mediante su asesinato sistemático. Los años ’90 terminaron de configurar el éxito del modelo con el menemato y su continuidad durante el gobierno de la Alianza. Situaciones similares se dieron en el resto de la región. El primer llamado de atención contra estas políticas se produjo en México en 1994 cuando el 1º de enero hizo su aparición pública el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, con su famoso ‘para todos, todo’, volviendo evidentes los reclamos de miles de mexicanos pobres que quedaban sistemáticamente excluidos por una trágica dualidad: ser indígenas y ser pobres. Finalmente en nuestro país, el modelo terminó estallando cuando con un sistema productivo destrozado y un nivel de desempleo nunca antes vivido (casi de un 40%) la protesta social ocupó las calles, volviendo visible lo que se pretendía invisible. Alcira Argumedo, en un texto titulado ‘Se está cuestionando una forma de democracia’ (2002) planteó que más allá de cuál fue el origen del movimiento que el 19 y 20 de diciembre terminó en la calle, ‘su éxito fue que por primera vez después del Cordobazo, nuevamente los sectores medios y los sectores populares coincidieron en sus reclamos’. Y en este sentido podríamos decir que así como existe una filiación genética entre la dictadura y el menemato también encontramos esta línea filiatoria entre los procesos de lucha populares que surgieron como reacción a ambos: el Cordobazo y el Argentinazo.

Durante esos días, 39 personas fueron asesinadas por el aparato represivo del estado tanto en Buenos Aires como en el interior del país: 7 eran mujeres y 32 varones; 12 de ellas eran menores de veinte años, 16 tenían menos de treinta años, 4 eran menores de 40 y solo 2 personas superaban esa edad. Personas que, con sus historias, representan los miles de sueños que la ‘miseria planificada’ (denunciada por Rodolfo Walsh en 1977) sistemáticamente asesinó y asesina. Quizás podamos sintetizar esas luchas profundas en la historia de Claudio.

Claudio nació el 27 de febrero de 1966, en Rosario. Hijo de Orlando y Dalis, dos trabajadores agrícolas de la Provincia de Santa Fé, tenía 4 hermanos y estudió en Concepción del Uruguay, Entre Ríos. En 1983 ingresó en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional del Litoral pero luego abandonó la carrera y cursó el seminario del Instituto Salesiano de Funes. A partir de 1991, comenzó a trabajar en los barrios Empalme Graneros y Ludueña, en la periferia de Rosario donde la crisis hacía estragos entre los jóvenes. Con ellos organizó la agrupación La vagancia, la revista El ángel de lata, el movimiento Chicos del pueblo y el grupo Desde el pie. Además era delegado de ATE – Rosario y congresal de la CTA. El 19 de diciembre del 2001 Claudio ‘el Pocho’ Leprati se subió a la terraza de la escuela Mariano Serrano en Las Flores donde trabajaba como ayudante de cocina y gritó: ‘¡hijos de puta, no tiren que hay pibes comiendo!’. Estas fueron sus últimas palabras porque una bala disparada por el policía Esteban Velázquez le atravesó la tráquea y lo mató.

Cuando en el 2002 se cumplió el primer aniversario de su asesinato, su compañero en ATE, Gustavo Martínez lo recordó diciendo: ‘nosotros siempre ponemos los muertos pero nunca nos matan del todo. Pocho era un personaje atípico, muy callado, un militante barrial de muy bajo perfil. Tenía una formación sólida, pasó cinco años como seminarista e hizo votos de pobreza. Vivía en medio de la villa. Siempre nos decía que pase lo que pase sigamos adelante, que si terminamos la primaria empecemos la secundaria, que nada nos pare, que siempre hay que seguir y seguro ahora andará por el cielo organizando mateadas y guisos con los pibes que no llegaron a conocerlo porque se murieron antes a causa del gatillo fácil, el hambre, enfermedades curables, suicidios carcelarios, bolsitas y submarinos, y otros tantos accidentes del capitalismo’.

Accidentes, daños colaterales, errores del sistema. Eufemismos para disfrazar la verdad de un sistema que es naturalmente desigual y que para sobrevivir recurre a cualquier tipo de mecanismos. Cualquiera…