Luche y baile

[Por Mariano Civitico, desde Italia] Bologna se encuentra a dos horas y cuarto en tren desde Roma y a un precio razonable si se compran los pasajes con anticipación. Esa cercanía y accesibilidad, sumadas al hecho de contar con gente que me podía hospedar en la ciudad, no me hicieron dudar en dirigirme hacia allí para ver en vivo a la mítica Banda Bassotti en el marco del festival solidario Partiró per Bologna. Por eso mismo, me hice con mi entrada apenas supe y comencé a preparar la excursión a la dotta.

La idea era ir sólo el fin de semana, del viernes 15 al domingo 17, pero la partida se anticipó al jueves 14 para pagar unos euros menos de tren. De los contactos en la rossa el tercero fue el vencido. Savino me confirmó un lugar para dormir esos días y ya me quedé más tranquilo con respecto a la logística del viaje. Con un pequeño bolso en mano, luego de haber cumplido el único compromiso de la jornada por la mañana, me dirigí a Termini después de haber dejado todo en orden.

No mucho antes de mi llegada me había enterado de otro festival, pero gratuito, en la plaza Verdi en solidaridad con el centro social Crash, que había sido desalojado por la fuerza en las semanas previas. Cuando me encontré con Savino, en la piazza delle Medaglie D’Oro, me comentó ese evento como una de las alternativas destacadas de la noche bolognese. No hizo más que confirmar mis ganas de ir, basadas en la posibilidad de ver a los 99 Posse en un marco de lucha y resistencia por los espacios recuperados colectivamente.

Fuimos hasta su casa caminando mientras hablábamos como si nos conociésemos desde hace mucho más tiempo del que en realidad compartimos. De todas maneras, generamos una confianza y una complicidad que permitieron interesantes charlas. Una vez llegados, Savino se puso a cocinar mientras yo ocupaba mis manos preparando lo necesario para la digestión. Una buena pasta improvisada con lo que había en la heladera y unos vasos de vino acompañaron el diálogo que se desarrolló sobre cuestiones sociales, políticas y humanas varias.

A cierta hora de la noche me decidí a partir hacia plaza Verdi, distante a tan solo quince minutos a pie. Mientras me iba acercando comprobaba que se trataba de una noche muy concurrida. Ubicada en el centro de la ciudad y rodeada por instituciones universitarias, la piazza se encontraba repleta de miles de personas, en su mayoría jóvenes estudiantes de las más variadas apariencias. En un principio me dediqué a recorrer los márgenes del rectángulo de cemento que es la plaza. Después me dirigí en búsqueda de un lugar donde tomar algo por una de las calles transversales.

Algunos detalles para entender el contexto de este evento y su importancia en la ciudad. Semanas antes, algunos de los lugares más representativos de la movida autogestiva y antagonista bolognese, como el Laboratorio Crash y el centro social Labás, habían sido desalojados violentamente para favorecer los emprendimientos inmobiliarios privados en detrimento de espacios colectivos abiertos a la comunidad. Es más, el fin de semana previo se había realizado una manifestación en solidaridad al Labas que contó con la presencia de colectivos sociales y políticos de toda Italia.

En ese clima de tensión política se organizó y llevó adelante el festival “Crash Again”. Con un agregado no menor para un evento que, de acuerdo a los propios organizadores en sus redes sociales, convocó a diez mil personas: según había leído, esta manifestación cultural de semejante magnitud se realizó sin ninguna autorización oficial de parte del gobierno comunal. Esto significa que cuando iniciaron a armar el escenario y el puesto de venta de bebidas (sí, ¡además vendieron alcohol sin permiso!) nadie les dijo nada y no intentaron desalojarlos. Una situación inimaginable en la Argentina, donde las fuerzas del orden hubiesen armado su propio festival de represión para vaciar de vida la plaza. Claro que no faltó quien me dijo que, aunque no haya existido una “autorización oficial”, seguramente hubo alguna negociación política para permitir la realización del festival.

Para cuando regresé al centro de la plaza ya estaban por iniciar los 99 Posse. Buen show de los napolitanos, máximos referentes de la escena mestiza italiana con más de veinte años de trayectoria. Al menos personalmente disfruté la lista de temas propuesta al público y me permití cantar más de una canción. Después de ellxs continuó la fiesta con el dj set. Yo decidí cerrar la noche después de dar unas vueltas para observar el paisaje humano. La caminata de vuelta a la casa de Savino me ayudó a recuperarme dallo sballo.

Al día siguiente me dirigí a Modena aceptando una invitación que me habían realizado. Se trata de una mini Bologna que se destaca por la producción de aceto balsámico y porque allí Enzo Ferrari inició la producción de sus prestigiosos y tan deseados automóviles. Pude ir a su museo y debo decir que, aun para quien no es un fanático de los moteres, es difícil no maravillarse con esas máquinas como si uno fuese un niño frente a la vidriera de una juguetería. En la sala principal se pueden admirar distintos modelos, desde los clásicos de los inicios a los ultra lujosos de la actualidad, que valen todos cientos de miles de dólares cuando no algunos millones.

Por la noche, la lluvia no impidió salir a conocer cómo se divierten quienes allí viven. Lamentablemente sí me perdí de ver recitales de artistas representantes del indie italiano que estaban anunciados en la “fiesta de la unidad” que realiza cada año el Partido Democrático. Se trata de una tradición de fiestas populares que el PD heredó del viejo Partido Comunista Italiano y que vació de contenido transformándola en festivales de música a los cuales el público (la categoría pueblo ya no se ajusta a la realidad) se distrae un rato comiendo y bebiendo mientras disfruta de los artistas del momento. Al menos pude presenciar el cierre de la fecha, una vez que había parado de llover, con un dj set de lo mejor de lo que aquí se conoce como música ignorante: un compilado de canciones comerciales y populares que incluyó Despacito, y otras cosas latinas del estilo, junto a temas del cancionero italiano de todos los tiempos.

El sábado a la tarde volví a Bologna después de pasear un rato más por Modena. Una vez descansado y comido, nuevamente gracias a la capaz y generosa mano de Savino, me dirigí al club Estragon para ver a la Banda Bassotti. Me costó un poco encontrar el lugar (algo así como media hora de caminata dando vueltas), no tanto por culpa del sentido de la ubicación en el espacio-tiempo un poco alterado sino más bien por las erradas referencias de las redes sociales.

El Estragon es un tinglado muy bien arreglado para conciertos y de buenas dimensiones, con una capacidad para algunas miles de personas. Se encuentra al interno del Parco Nord, a tres kilómetros del centro de la ciudad, donde contemporáneamente se llevaba a cabo la fiesta de la unidad del PD. En este caso, la fiesta de partido proponía un contexto que contrastaba notoriamente con el ambiente del show que había ido a disfrutar. Por un lado, el parque (un pulmón verde de importantes dimensiones para la ciudad) se encontraba ambientado como aquellos de los años 70’ y 80’ que nos muestran las películas estadounidenses: muchos juegos de feria y/o parque de diversiones con música a elevado volumen y coloridas luces, un patio de comidas con una enorme cantidad de puestos de todo tipo, y un público variopinto formado por parejas jóvenes, familias y grupos de adolescentes.

Por otra parte, en el medio de todo ese ambiente, se encontraba la isla de punk rock comunista que proponía el festival Partiró per Bologna. La gente que allí se había convocado para ver a la Banda Bassotti y otros artistas también era variada, pero de una forma distinta. La franja etarea se encontraba comprendida entre los cincuentones de vieja escuela y los más jóvenes de veinte años. Se podían ver rude boys y rude girls con su particular estética, skinheads (no, skinhead no es sinónimo de neonazi como hicieron creer en Argentina) de todas las edades, militantes de la izquierda de base de antes y ahora. En fin, compañeros y compañeras de todo tipo disfrutando de una velada de música.

Para cuando finalmente ingresé al recinto del Estragon se encontraba sobre el escenario Roy Ellis, una de las máximas referencias del skinhead reggae, secundado por los Shots in the Dark, banda romana de early ska, rock steady y otros ritmos de Jamaica. Sólo pude ver los últimos diez minutos de su show, pero por suerte ya los había escuchado algunos meses atrás en el centro social Intifada, en Roma. Después de eso, nada más quedaba esperar la presencia de los Bassotti.

En el marco de un recital que se realizó como parte de la campaña solidaria de la Caravana Antifascista que lleva adelante la Banda Bassotti, para colaborar con la población del Donbass ucraniano actualmente en guerra contra el gobierno filonazista de Kiev, el conjunto romano salió a escena después de escucharse Redeption song, en versión de Joe Strummer, y el himno de la Unión de Repúblicas Socialista Soviéticas. A partir de allí todo fue una sucesión de buena parte de sus temas más representativos y varias referencias al comunismo internacional y los pueblos en lucha.

No faltaron banderas haciendo alusión a la unión internacional de los trabajadores y en apoyo a los pueblos del Donbass, víctima de un conflicto bélico, y de Cataluña, que busca a través del voto su independencia del Estado español. También se hizo referencia al pueblo mapuche como uno de los ejemplos de dignidad colectiva. Claro que no se ahorraron palabras contra del capitalismo, el fascismo y, su máximo exponente, los Estados Unidos de América. Mención aparte merece la participación de Fermín Muguruza, quien realizó algunos temas de su extensa trayectoria convirtiéndose en la centralidad del show a lo largo de casi media hora.

Un concierto que, por un momento, me permitió imaginar un mundo de solidaridad obrera, marxismo internacionalista y comunismo soviético como faros que guíen a la humanidad. Y aunque el recital sucedió en un país capitalista como Italia, y no en el contexto de la dictadura del proletariado en camino a una sociedad sin clases, de todas maneras pude comprobar una vez más que el arte solidario y comprometido con las causas justas no es sólo posible sino también necesario para dar batalla y aliviar las penas al mismo tiempo. Fiesta sí, lucha también.

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