Nuestras armas

PH: La Vaca – MU

[Editorial Memoria de Elefante – Miér 22hs por En Tránsito] Otra vez la represión. Todavía andan resonando los ruidos secos de los palazos de los gendarmes. Todavía se deja oler la pestilencia del gas pimienta. Todavía resuenan los gritos de la inclemencia policial. En poco más de una semana, tres operativos represivos intentaron acallar las voces de una protesta que viene sonando fuerte contra el ajuste de un modelo económico diseñado por y para unos pocos.

Jueves 30 de marzo. Villa Caraza. Un operativo policial irrumpe violentamente en un comedor popular barrial mientras se encuentran cenando alrededor de un centenar de chicos. Llueven gases, balas de goma, golpes repartidos a niños, jóvenes y personal de cocina por igual. Al abandonar el lugar, el operativo deja un rastro de destrucción, gente lastimada, casquillos de municiones de plomo y una creciente sensación de impunidad. La cocinera Laura Zaracho perdió un embarazo de dos meses a causa de los golpes policiales.
Jueves 6 de abril. Cruce de Panamericana y ruta 197. Los docentes de zona norte, en el marco del paro general convocado para ese día por las principales centrales obreras, realizan un corte para visibilizar sus reclamos largamente desoídos por el gobierno de la provincia de Buenos Aires. Otra vez los palazos, los gases, las balas de goma. Lo que no dijeron los principales medios de comunicación fue que el corte docente había liberado una vía para la circulación de los automóviles.
Domingo 9 de abril. Plaza de los dos Congresos. Crece la tensión en torno al armado de una escuela itinerante propuesta por los docentes para dejar constancia que la única solución del conflicto se puede alcanzar siempre y cuando el gobierno convoque a paritarias nacionales. En lugar de dialogar y admitir que los reclamos docentes son sensatos, legales y justos, la respuesta desde arriba vuelve a ser la violencia policial: más palazos, escudazos y detenciones arbitrarias.
Y es que la violencia está dentro de su lógica y su agenda. Pretenden violentar tanto como polarizar a la sociedad. Todos sus ejércitos comunicacionales apuntan hacia ese norte. De nosotros, los que desde abajo miramos, los que desde abajo creamos, y los que desde abajo soñamos, depende que esos tristes y opacos planes se destartalen irremediablemente frente a dos de las más poderosas de nuestras armas: el escucharnos y el comprometernos.

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