Silencio nunca más

Miriam Lewin3La periodista Miriam Lewin reflexionó sobre la profesión de Rodolfo Walsh y la apertura de voces que permitió la sanción de la Ley de Medios. Ella también abrió la boca: develó los delitos sexuales, de lesa humanidad, que los uniformados cometieron en la última dictadura cívico militar en su libro recientemente publicado –y escrito junto a Olga Wornat- Putas y guerrilleras.

Nota publicada en la Revista Güarnin! Nº99

Por Jesica Farias
Foto: Maru Castana

La llamo al celular y me pasa el número de un teléfono fijo “porque se escucha mejor”. Toco botones. Me comuniqué con Artear. “Si sabe el interno, márquelo”: lo hago, me atiende y me sumerge en el pasado, ese que hay que iluminar; pero también en el presente mediático, ese al que lxs periodistas le ponemos el cuerpo, intentando que no nos parta en dos.

“Es una época un poco difícil para ejercer el periodismo porque se ha generado una polarización que reduce la agenda. A los grandes medios les interesa aquello que puede perjudicar a quien consideran su rival cuando la realidad es más amplia. Nosotrxs debemos representar a lxs que no tienen voz, que no importa de que lado estén. Y me refiero tanto a los medios privados como a los públicos”, asevera Miriam Lewin, la que se metió a estudiar en el Instituto Grafotécnico después de laburar en una fábrica de lamparitas en donde la explotación de lxs trabajadorxs desesperaba.

Lewin, la periodista que fue detenida ilegalmente por militares y que pasó por el Centro Clandestino Virrey Cevallos y por la ESMA, se dedicó a investigar. Se inició en los medios gráficos. En 1992 llegó a la TV: En Canal 13 realizó coberturas dentro y fuera del país. Cinco años después, se sumó a Telenoche Investiga. Las indagaciones realizadas en el marco del noticiero tuvieron resultados judiciales: Los juicios al pedófilo Grassi y a quienes participaron de los Vuelos de la Muerte son la muestra.

Años después, reflexiona junto a Güarnin!: “Lo que fue la época de oro del periodismo de investigación ya no existe más”. Pero aclara que en el mismo contexto, mientras algo se concentra por un lado; por el otro, se expande.

“La Ley de Medios posibilita que cooperativas, sindicatos y universidades accedan al medio propio, sino es ilusoria la libertad de prensa porque entonces si no sos propietarix es muy difícil que puedas transmitir el mensaje ya que siempre va a estar tamizado por los intereses del dueño”, recapacita. Autogestión y autocontrol de lxs trabajadorxs serían la respuesta en tiempos que se avizoran veloces y cortos, reducidos a 140 caracteres.

Con rapidez, vuelve sobre sus palabras: “Aunque no sé hasta qué punto se puede hablar de limitaciones a la transmisión del mensaje en la época de internet y las redes sociales, en donde cualquiera puede tener un blog, aunque sin edición”. Lo piensa y recuerda que años atrás conoció estudios del fenómeno Twitter. Ella escuchaba, aunque no entendía de qué se trataba la red social del pajarito que actualmente usa para compartir la portada de su libro Putas y guerrilleras, el texto que -junto a la periodista Olga Wornat- publicó el mes pasado. Uno de más de 600 páginas que recorren los crímenes sexuales que los militares cometieron dentro y fuera de los centros clandestinos de detención. El dolor, pero también la necesidad de iluminar la historia; la perversión de esos tipos de botas relucientes, pero también la cachetada de lxs propixs compañerxs militantes; y los ojos empañados junto con las gargantas anudadas, pero también la urgencia por condenar esos crímenes como de lesa humanidad, son parte de los relatos.

La violencia sexual y la legitimación del patriarcado: ayer ¿y hoy?

Lewin fue violada en la ESMA, en donde estuvo detenida. No fue la única y como las que fueron desgarradas con penes–pero también con manoseos, insultos, vejaciones, desnudos forzados y picana en los genitales y en las tetas-, ella presenta una historia silenciada por los milicos, la Justicia, lxs compañerxs de militancia y los medios. Harta de taparse la boca, la abre grande. Y lo mejor que puede hacer quien lea Putas y guerrilleras es copiarla para abrirse al debate, uno que aún queda pendiente.

El libro descubre que los ataques contra las mujeres fueron sistemáticos e independientes de los tormentos: son de lesa humanidad y deben ser juzgados aparte. “Nace como una imperiosa necesidad de comprender la perplejidad de la sociedad, incluso de nuestrxs pares, que todavía no comprenden la naturaleza del fenómeno del acoso, del abuso y de las violaciones sexuales dentro de los centros clandestinos”, dice Lewin. Agrieta el silencio para dar cuenta de que para los milicos, si una mujer rompía con el modelo tradicional, era una puta. Y en esa lógica, los ataques contra la integridad sexual eran merecidos, una manera de “reformarlas”. El resto de la sociedad, ¿qué pensaba? ¿Qué piensa?

“Cuando nosotras salimos estábamos sospechadas como sobrevivientes, también de ser delatoras porque ‘por algo’ habíamos sobrevivido, pero también de habernos acostado con los represores y hasta de haberlo hecho voluntariamente, como si en esas condiciones hubiésemos tenido un resquicio de voluntad”, repasa la periodista, a quien Mirtha Legrand le preguntó en uno de sus almuerzos si era verdad que “salía” con Jorge “Tigre” Acosta, el feroz amo y señor de la ESMA. Desde la cabecera de la mesa, la conductora evidenció la lógica patriarcal, desentendiendo de que en el centro ilegal de detención, la única voluntad que valía era la de los que vestían uniforme; omitiendo, acaso sin ingenuidad, las relaciones tortuosas a las que fueron obligadas.

Si “un intelectual que no comprende lo que pasa en su tiempo y en su país es una contradicción andante”, tal como dijo Rodolfo Walsh, entonces sí, Lewin -junto a Wornat- pretenden un lugar “en la historia viva de su tierra”.

“A pesar de que algunas compañeras, durante el Juicio a las Juntas, declararon sobre los delitos sexuales, los tribunales no hacían espacio para escucharlas. Primero se juzgaron los delitos contra la propiedad privada y por último quedaron los que cometieron sobre los cuerpos y subjetividades de las mujeres”, evalúa Lewin. Recién en junio de 2010, el Tribunal Oral Federal de Mar del Plata condenó a Gregorio Rafael Molina por las violaciones reiteradas de cinco detenidas de La Cueva. Fue la primera vez que se concibió a los ataques sexuales como de lesa humanidad.

“A través de la violencia sexual, los varones imponen de manera cruel el poder y la dominación que culturalmente ejercen sobre las mujeres”, dijo el fiscal durante ese juicio.

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