[Por Germán Navas] Son segundos de incomodidad. Un puñado, no más de cuatro o cinco segundos. Acabamos de cantar el himno nacional y algún protocolo indica que ya es el momento de leer la jura. El concejo deliberante se hunde en una pausa silente que nació tras el último aplauso y se extinguirá con el primer aliento de lectura de la fórmula. Daría la sensación de que algún Dios hubiere bajado repentinamente la perilla del sonido ambiente. Es entonces que en ese silencio fugaz Lucas camina unos pasos hasta el corazón del recinto donde lo espera el presidente del concejo, que hoy hará el papel de hada cuyo poder es el de convertir a las personas en intendentes.

PH: Germán Navas

Respetuosas, las distintas fuerzas políticas, sumado a periodistas, familia e invitados, conviven en el ritual. La ausencia de sonido potencia en la atmósfera la espesura de los pensamientos. Me pregunto, precisamente, qué es lo que estará pensando él, quien después de cuatro años de neoliberalismo, volvió a ser elegido por el pueblo moronense para conducir el municipio.

Me esfuerzo por compararlo en retrospectiva: anteojos y camisa -marca registrada-, más arrugas, menos peso. Empático, el de los  sinónimos inagotables, el que intenta memorizar los nombres de todos y cada uno de los vecinos, pero ni se inmuta cuando pronuncian mal su apellido. El que prefiere callar a hablar sin saber, el que camina la vida sin guardaespaldas, sencillo, moderado en sus discursos aunque con una arenga que emociona.

Tomo mi libreta y anoto: “Ghi es ante todo, un ser humano gentil”, y el sonido del lápiz frotando el papel se amplifica como si fuese la marcha lejana de algún tren Sarmiento. Amplío: es amable, cortés, se toma su tiempo para escuchar, y mira a los ojos cuando habla. Sus temas de conversación exceden la mera coyuntura política: también disfruta charlar y discutir sobre fútbol, historia, literatura o periodismo.

Y lo que a cualquiera de nosotros nos podría llegar a tomar quince minutos como para ir de compras al supermercado del barrio, a él habrá de llevarle, tal vez, horas. Ello variará según las dosis de afecto de aquellos vecinos, y en especial vecinas, con quienes se vaya a cruzar, que lo detendrán sin más para charlar, saludarlo o pedirle de sacarse fotos.

Desde una perspectiva social, Lucas es un auténtico transformador de entornos. Rara vez pasa inadvertido, y cuando se aparece en algún lugar, las personas se ponen tan contentas que pareciera crecerles orejas, cola y hocico, hasta acabar dando circulares vueltas sobre sus propios ejes.

Qué estará pensando ahora, en este instante, que está a tres pasos de detenerse, de mirar de reojo a su familia, tomar el micrófono y -por tercera vez en su vida- jurar por la fórmula de la patria.

Quizás por inercia, o por la incomodidad de la espera, saco mi teléfono y reviso en un micromomento sus redes sociales. Y en esa línea de tiempo digital, deslizo mi dedo hasta retroceder meses, que se vuelven años. Tal vez sea allí en donde encuentren alguna respuesta quienes suelen preguntarse desde qué lugar estuvo batallando durante este difícil período de neoliberalismo. Las fotos discurren entre establecimientos educativos, alumnos, directores, comerciantes, encuentros con diversos sectores de la comunidad y el campo de la comunicación.

Sin embargo, levanto la mirada del celular y doy con la clave que descansa allí, en la primera fila del sector de invitados: Lucas aún no sabe que vendrá un día en que ese pibe de cinco años que lo mira con cara de fastidio por tener que estar en una aburrida ceremonia de ‘grandes’ un día lo abrazará fuerte y le dirá al oído: “gracias, papá, por el esfuerzo de haber estado todo ese tiempo ahí para nosotros”.

No sé qué estará pensando este joven intendente electo, ya a punto de asumir. Mientras abraza el micrófono con sus dedos el orador se dirige a él, y una plaza llena lo espera afuera, a la que rápidamente concurrirá palmeado en la espalda por decenas de personas, como un auténtico boxeador de injusticias corriendo hacia un escenario con forma de ring, desde donde será genuinamente ovacionado por un pueblo fundido en un grito de esperanza. El mismo pueblo que -una vez que pronuncie su discurso- no escatimará en esperar, aún con la piel de gallina, aún con lágrimas en los ojos, el tiempo necesario hasta poder tocarlo, abrazarlo, uno por uno, como si recorriera todos los supermercados de Morón a la vez, hasta quedar fagocitado en un vasto hormiguero de cariño y pegote.

La verdad, no, no sé qué piensa Ghi ahora, no sé y ya ni quiero saberlo, porque mientras soy yo el que piensa en todo esto, sin parar de secarme los ojos, escucho su voz, que dice “Sí, juro”.

Bienvenido a tu casa, Lucas. Acá te estábamos esperando.