Por Felipe Melicchio

Hace pocos días hubiese cumplido años Luciano Arruga. Nacido un 29 de febrero, día que, de forma inocente, pero, creo yo, también perversa, este 2019 elude. Al no ser año bisiesto, el calendario adopta la posición de victimario temporal, desapareciendo su nacimiento, su origen. Como quisieron hacer los medios hegemónicos. Quisieron imitar al calendario, ocultándolo, callando ¿Justo el pibe que desapareció nace en un día que no está? Sí, las coincidencias a veces pueden ser metafóricamente hirientes. Más si pensamos la cantidad de casos coincidentes con el de Luciano… hay tantos y tantas Lucianos.

Hace poco más de un mes fuimos a cubrir, con la radio, la manifestación por sus 10 años de desaparición. Nuestra tarea era documentar, interpelar, a diferentes actores y actrices del acto. Con mi celular en mano, recuerdo que me dirigí a un hombre que sostenía, entre brazos, un libro. La perfecta imagen contraria del causante de la tristeza que impulsaba esta movilización, parecía que había traído el libro apropósito, tal vez a su modo personal de cartel, ¿qué elemento hermosamente más contrapuesto que un libro contra una pistola?

-Hola, disculpame ¿de qué es ese libro? – le pregunté para acercarme.

-Es un libro mío, se llama “La cultura represora y la revolución”. Miralo, si querés – me tiende su obra. Admiro la tapa, leo por encima la contratapa, hojeo, sin un objetivo, o capaz, con la intención inconsciente de sentir el interior, donde todos y todas sabemos que se encuentra la verdad.

-Ah vos sos Alfredo Grande, te felicito; está genial – me sinceré.

-Bueno gracias, es tuyo – me descoloca. Siguieron muchos peros, varios ¿en serio? y demasiados gracias.

– ¿Qué te trae acá? – le pregunto.

-Lo revolucionario

Luego de su respuesta comencé a entrevistarlo y quedamos en juntarnos en su cooperativa para seguir pensando lo revolucionario. El me comentaría que, además de ser escritor, es médico psiquiatra, psicoanalista y redactor de la revista “Pelota de Trapo”

Después de unas semanas estaba pisando ÁTICO, la cooperativa para la salud mental que Alfredo dirige, situada en el barrio de Colegiales. Subí unas escaleras y él estaba con la puerta de su oficina abierta, indicándome que entre. Sin dudarlo entré. Tenía unos sillones dispuestos como esperando nuestra charla, donde cada uno se sentó. Arranqué retomando el tema que nos había convocado:

– ¿Qué pensás acerca de la revolución?

– Hay una diferencia importante entre la revolución y lo revolucionario. Cuando hablamos de la revolución hablamos de una inversión de la racionalidad de la cultura represora. Por otro lugar, la revolución es la subversión del fundante. El fundante en la cultura represora es, justamente, la represión; la represión no solamente física, sino psíquica, cultural, política. Tanto es así que ese fundante represor está oculto. Cuando yo hablo de cultura represora es, justamente, para que ese fundante represor pase a la superficie; si hablamos de cultura, en general, lo cultural, la política, la sexualidad, sin ninguna cualidad, el fundante represor, al estar oculto, es imposible de intervenir. Entonces, la revolución es cuando ese fundante represor es subvertido y aparece un fundante deseante. Justamente, lo que ha logrado la cultura represora en siglos y siglos es subvertir el fundante deseante, que tuvo su origen en la cultura humana; cuando digo deseante digo comunitario. En el origen de la especie está el asociativismo, porque como animal era uno de losmás débiles.

Tantos eran los conceptos que decidí tomar nota en mi mente, lo escuchaba atentamente mientras mi cabeza resaltaba: cultura represora, fundante represor, fundante deseante. Entonces, sentí el ruido del deslizamiento de un fibrón sobre un pizarrón. Levanté la vista, nada. Alfredo solo se había acomodado para seguir. Lo interrumpí:

-El hombre necesitó asociarse, ¿no?- dije como un estudiante que persigue el 10.

-Si -me dijo- ese fundante deseante fue subvertido con la aparición de las clases sociales, con la aparición del estado, de lo que Freud llama masas artificiales, la religión, la escuela. Entonces, el deseo de, las ganas de y el placer de queda subvertido y aparece: el mandato, la culpa, la subordinación y, lo que se podría llamar, la naturalización de las clases sociales.

– ¿Se puede destruir esta cultura represora? – le pregunté

– En mi libro anterior yo hablo de queja, protesta y combate; si nos quejamos mucho, protestamos poco y combatimos nada. En la Argentina, por lo menos, la última vez que se disputó, que se combatió, para aniquilar a la cultura represora, fue en la década de los 60 y 70.

– ¿Con las guerrillas? – pregunté.

-Con la guerrilla y con el proceso cultural y político que se daba -me dijo- El Cordobazo, por ejemplo, no fue un acto guerrillero, pero le torció el brazo a Onganía, que era el dictador que había desalojado en un golpe de estado a Illia, con la complicidad de muchos dirigentes políticos de izquierda, peronistas y radicales.

– Entonces ¿Cómo hacemos Alfredo? – Le interrogué levantado la mano y extendiéndola en el aire; cuando me di cuenta, con la llegada de la vergüenza, del acto absurdo que hice, la bajé. Quedé confundido por ese movimiento instintivo que había hecho. Su presencia me empezaba a generar eso.

-Cuanto más miserabilidad y más indigencia, menos capacidad revolucionaria. Si tu obsesión es que tu hijo coma y la segunda es que vos puedas comer, a vos no te queda ningún horizonte político ni de clase; vos querés comer.

– ¿Por eso es necesaria una conducción?

-Es necesaria una conducción, pero también es necesario que esa conducción se de cuenta que la miseria política de las masas es contrarrevolucionaria. Entonces, cuando hablamos de la revolución hablamos de algo muy fuerte, muy importante, fundante, pero que sin partidos políticos revolucionarios, sin horizontes de clases bien definidos, termina siempre en ese contubernio de lo posible.

Luego se paró, y escribió en un pizarrón que apareció detrás de él, un cuadro comparativo. Yo que estaba tomando nota en mi cabeza, me apoyé en un banco que no había visto y me puse a copiar el cuadro en una hoja.

-Ahora, lo revolucionario es otra cosa. Lo revolucionario es, para mí, es cuando vos podés enfrentar a la cultura represora y, de eso, hay muchos ejemplos. Lo de la marcha por Luciano Arruga es lo revolucionario; vos no aceptas el mandato de que asesinar está bien, que torturar está bien o que secuestrar niños y niñas está bien, o que violarlos está bien. Y como puedas, como sepas, enfrentas eso. Todo lo que enfrente a la cultura represora es revolucionario, lo cual no significa que, necesariamente, eso lleve a la revolución.

Se volvió a sentar y no había ni pizarrón, ni hoja, ni banco.

-Prof… Alfredo, este, ¿Qué pasa con nosotros, los jóvenes? ¿Se puede hablar de una juventud en general?

-Yo creo que la juventud tiene que ver con la capacidad de enfrentar a la cultura represora, no tiene que ver con una edad cronológica. -me contestó- Freud y Sartre fueron jóvenes hasta que murieron, y muchos otros también. El adolescente adolece de la cultura represora, no fue casual la Noche de los Lápices, no fue por el boleto estudiantil, fue un acto de disciplinamiento. La juventud es poder enfrentar la cultura represora.

– Es cierto que la juventud desborda la edad, mirá Norita Cortiñas-

-Es un excelente ejemplo. A pesar de que tiene 80 años está bien; porque en realidad no tiene 80 años, tiene la edad de sus deseos. Vos pensá que el deseo no tiene edad. La juventud es el momento vital donde el fundante es deseante; no hay momento vital mejor, porque los deseos se pueden hacer realidad. En el niño, en la niña, en el chico que va a la escuela primaria, incluso en el púber, los deseos se tramitan vía fantasía. En la juventud, en el adulto joven, el deseo pasa a la realidad y el deseo se hace acto. Entonces, ser joven es eso, es la capacidad de que tu propio deseo sea acto. Si vos mantenes eso, podes tener 15 años, 30 años, 80 años o 70 como yo, que no cambia. La temporalidad no tiene que ver con el deseo.

– Gracias Alfredo por tu tiempo – le dije y me levanté. Él me dijo que espere un minuto, llegó una chica con un libro y me lo obsequió; parecía que esa era otra forma de comunicarnos. El libro era sobre la cooperativa, se titulaba: “Lugar alto y soleado. El proyecto Ático: cooperativismo y salud mental” Después, me acompañó para despedirnos. En mi mente había quedado rebotando su frase “La temporalidad no tiene que ver con el deseo” Fue lo ultimó que apunte, lo último que tallé con seguridad en mi cabeza. Había vivido una cátedra privada y me sentía preparado para rendir. Para rendir en mi interior, donde el docente es el mundo, la evaluación sobre mi camino, sobre mi postura frente a la vida, sobre qué hacer frente al cataclismo. Seguramente, cuando esté frente al papel, quedaran preguntas sin responder; pero la carrera de la vida es un eterno recursar.